1. MIS NIETOS
3 cuentos.
FELIPE CASTREJÓN QUESADA, nació en 2008.
Para
Felipe, de diecinueve años, la casa de las colinas no era un lugar en
un mapa, sino una geografía del alma, un territorio que había habitado
durante años en los pliegues de su imaginación. Su abuelo, el hombre de
la espada toledana y las manos que lo "chinearon" en una infancia
brevísima y luego se esfumaron en la niebla de las ausencias adultas,
era un fantasma familiar. Un eco de voz ronca, un olor varonil y el peso
solemne de aquella espada que ahora reposaba en su estudio en la
ciudad, eran los frágiles hilos que lo unían a él.
Hay un tema de los dones, como la literatura, la música y todo el arte,
así como el altruismo, que flota en su memoria, algo que el tiempo no
dio oportunidad de explicarlo.
Llegar al portón verdoso, entre
las columnas que parecían sostener no solo la estructura, sino el peso
de los años, fue para Felipe como abrir un libro cuyo prólogo había
leído mil veces, pero cuyo contenido desconocía por completo. No había
recuerdos aquí, solo promesas de recuerdos. Una certeza visceral, tan
firme en su pecho como el pulso de su sangre, le decía que al caminar
por este terreno, pisaría las huellas que su abuelo había dejado
impregnadas en la tierra.
Cruzó la zona de parqueo, y su mirada
no se posó en el gallinero o la torre, sino en los espacios vacíos entre
ellos. Buscaba, sin saberlo, la sombra de su abuelo. Se dirigió hacia
la casa colonial, sencilla y sólida, y fue la ramificación del camino
que rodeaba el árbol añoso la que lo detuvo. Allí, bajo la cúpula de
orquídeas, la sensación fue tan abrupta y física que casi lo hizo
tambalear. No fue un recuerdo, sino una impresión: la clara y distinta
noción de su abuelo, mucho más joven, apoyado en ese mismo tronco,
afilando con una piedra un machete pequeño, con la misma concentración
serena con la que Felipe limpiaba la espada toledana en la ciudad. No lo
veía, lo sentía. Era como si el lugar hubiera guardado el molde de su
presencia, y al pasar Felipe, su propio espíritu había encajado en él.
Caminó
hacia la cochera, imaginando las tamaleadas y las reuniones, y chocó
con el viento que bajaba de las montañas del norte, que le trajo, no un
aroma, sino la sensación de una mano grande y cálida posándose en su
hombro. Era el mismo gesto con que su abuelo, hacía más de una década,
se apoyaba y acercaba su rostro para decirle que lo amaba. El consuelo,
almacenado en el silencio del lugar, le llegaba intacto, trascendiendo
el tiempo.
Su peregrinaje lo llevó luego al sector boscoso, el
jardín de aves e insectos. Allí, junto a un espolvoreado de pequeñas
flores chinas y pentas, encontró un banco de madera gastada por la
intemperie. Se sentó, y fue entonces cuando la conexión se volvió
diáfana. Cerró los ojos y, en el jorgorio de los tucanes y el rozar del
viento en la vegetación, creyó oír el eco de una respiración pausada a
su lado. No necesitaba fotos ni anécdotas. En la paz inimitable de ese
rincón, Felipe entendió de dónde venía la serenidad que emanaba de su
abuelo, incluso en sus visitas fugaces. Venía de aquí. De este diálogo
perpetuo entre la tierra y el cielo, entre el bullicio de la vida y el
silencio sublime.
Se levantó y, con un respeto casi ceremonial,
desenvainó la espada toledana que había traído consigo. No para
blandirla, sino para que el acero, heredado y cuidado con devoción, se
presentara ante el espíritu del lugar. La luz del atardecer se reflejó
en la hoja pulida, y por un instante, fue como si una chispa saltara
entre el pasado y el presente, entre el abuelo que quizá soñó con legar
algo más que un objeto, y el nieto que anhelaba recibir algo más que una
herencia material.
Felipe no había encontrado objetos de su
abuelo, ni cartas escondidas. Había encontrado algo infinitamente más
valioso: el contexto de su alma. Aquel hombre ya no era un fantasma
compuesto por anécdotas prestadas y un arma antigua. Era la quietud del
que escucha el bosque, la fuerza del que levanta columnas, la paciencia
del que deja que el viento escriba su historia en la pintura de un
portón y la eminencia de quien se entrega al mayor goce en la música
clásica.
Al salir, cerrando el portón verdoso tras de sí, Felipe
no se llevaba solo el recuerdo de un lugar pintoresco. Se llevaba la
certeza de haber recuperado un tesoro que le pertenecía por derecho de
sangre y de añoranza: la clave para entender al hombre que lo había
chineado. Y supo, con una paz que le inundó el pecho, que cada vez que
sostuviera la espada toledana, ya no estaría sosteniendo solo acero.
Estaría sosteniendo el silencio del árbol añoso, la frescura de la brisa
en el rostro y la imborrable presencia de su abuelo, fundida para
siempre con la tierra sagrada que ambos, cada uno a su manera y a su
tiempo, habían aprendido a llamar refugio.
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EVA VICTORIA VARELA VEGA, nació en 2021.

Eva, de dieciséis años, sintió que el verano de 1968 se desplegaba no como un calendario, sino como una geografía íntima en el terreno de los abuelos. Su misión era sencilla, doméstica: una canasta de mimbre colgaba de su antebrazo, destinada a ser llenada con los limones ácidos que maduraban junto a la cerca de bambús y con las frambuesas silvestres que se enredaban, tímidas y espinosas, en el lindero del bosque. Pero Eva sabía que en aquel lugar, ninguna tarea era solo una tarea. Era un ritual, una ceremonia de recuerdo.
Comenzó su recorrido, y con el primer crujido de la gravilla bajo sus sandalias, el viento —aquel escultor incansable de la silampa— comenzó su trabajo. No soplaba con fuerza, sino que se deslizaba entre los árboles como un alma familiar. Al pasar junto al grueso árbol añoso, cuyas orquídeas colgaban como pendientes de una dama antigua, el viento susurró en su oído no palabras, sino la imagen nítida de su abuelo, Gerardo, subido en una escalera de mano, podando con unas pequeñas una rama seca. "Hay que dejar que la luz bañe a las reinas", le decía, señalando las orquídeas. Eva podía casi oler el aroma a tierra húmeda y a sudor limpio que emanaba de su camisa de manga larga.
Avanzó hacia los limoneros. Los frutos, de un amarillo intenso contra el follaje oscuro, parecían gotas de sol solidificado. Lo primero que siempre hacía era buscar limones escondidos entre las ramas bajas de los árboles; y era que su abuelo acostumbraba anticiparse a sus visitas y colocaba limones de manera que la niña los encontrara y se alegrara. Al estirar la mano para torcer uno, sintiendo la textura áspera de la cáscara, el viento trajo otro recuerdo, esta vez impregnado del aroma a jabón de lejía. Era su abuela, Gabriela, en la cochera convertida en salón de tamales, exprimiendo varios de estos mismos limones en una enorme jarra de barro. Le ofreció un jarro con refresco y le dijo: "Para la limonada, Eva. Si la tomás fría, el polvo del camino no se te pega en la garganta". El sabor agrio y fresco inundó su memoria, un sabor que era el verdadero sabor de la bienvenida; además, como nunca perdió la costumbre de rasguñar la piel del limón para aspirar su olor, reforzaba siempre el recuerdo de sus estancias con los Titos.
Su camino la llevó luego hacia el sector enzacatado, donde de niña había rodado y reído sin cesar. Allí, el viento jugó con su falda y le trajo la sensación física, casi alucinante, de unas manos grandes y callosas levantándola en vilo. Era su abuelo, haciéndola volar como un aeroplano sobre la alfombra verde, mientras su abuela, sentada en las gradas, gritaba entre risas: "¡Gerardo, que la vas a marear!". El eco de su propia risa infantil, un cascabel de alegría pura, pareció perderse entre el rumor de las ramas de los cipreses.
Finalmente, llegó al lindero del bosque, donde las frambuesas se escondían como rubíes entre la maleza. Aquí, el viento cambiaba. Ya no traía voces ni risas, sino silencios. Silencios compartidos. Recordó las tardes sentada con su abuelo en un banco formado por un block de construcción y una tabla, mirando cómo las parvadas de tucanes y pericos cruzaban el cielo. Él no hablaba, solo señalaba con un leve movimiento de cabeza un nido, una nube que pasaba fugaz entre las hojas rojas que había en el cuartito rojo, la manera en que la luz se posaba sobre el volcán. Era un lenguaje sin palabras, una lección de quietud que ahora, a sus dieciséis años, comprendía que era el regalo más valioso. Aquel silencio no era vacío; era la plenitud del entendimiento y el amor inconmensurable del abuelo.
Mientras sus dedos, ya expertos, buscaban las frambuesas sin pincharse, una gota de su jugo carmesí manchó su pulgar. Se lo llevó a los labios. El sabor agridulce y salvaje fue la clave que abrió la última puerta. Comprendió entonces que no estaba solo recolectando frutas, estaba cosechando el tiempo. Cada limón era la sabiduría práctica y amorosa de su abuelo; cada frambuesa, el silencio elocuente y la conexión profunda con la casa de su abuela.
La canasta se llenó, pero su corazón se aligeró. El viento, habiendo cumplido su tarea viajera, se aquietó. Eva se quedó un momento más, mirando cómo la luz de la tarde ponía doraba la torre del molino y la fachada blanca de la casa. Ellos ya no estaban, Gerardo y Gabriela, pero en cada rincón de aquel terreno, en cada árbol adornado, en cada fruto que la tierra daba, su amor seguía teniendo la misma textura, el mismo olor y el mismo sabor imborrable. Ahí notó que en ese paraje nunca se sentiría sola, porque había aprendido a sentirse parte del maravilloso entorno y a no dejar ir los recuerdos valiosos.
No era tristeza lo que sentía. Era una presencia. Una certeza de que algunos adioses no son definitivos, sino que se transforman en una compañía silenciosa y perpetua, tan tangible como el viento que acaricia los cerros y tan dulce como la frambuesa que estalla en el paladar. Y supo que, mientras ese lugar existiera, ella siempre tendría a dónde volver para ser de nuevo, y por un instante, la nieta que corre, ríe y alegra.
2024: https://youtube.com/shorts/N9iBlHRleOw?si=Of9N9iqoHZtbfyvB
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JULIÁN GAEL VARELA VEGA, nació en 2024.

Era el verano de 1967, y para Julián, de quince años, aquella visita a la casa de sus abuelos en la boca de La Hondura prometía la misma quietud ociosa de siempre. El polvo del camino se le había adherido a su piel como una segunda camisa, y la visión del portón verdoso, con sus columnas erguidas como centinelas cansados, le produjo la familiar sensación de encierro en el tiempo. Sin embargo, ese año era distinto. Una energía nueva, eléctrica y rebelde, le recorría las venas, traída por las noticias de un mundo que se agitaba lejos de allí, en ciudades donde los jóvenes como él soñaban con revoluciones.
La aventura, como todas las auténticas, comenzó con un sonido. No el jorgorio de los tucanes o el gemido del viento, sino un quejido metálico, agudo y persistente, que parecía nacer del corazón mismo de la zona boscosa al fondo del terreno. Para los oídos de sus abuelos, era solo "el molino de viento viejo, el que se atrancó hace décadas". Pero para Julián, alimentado por las novelas de Julio Verne que devoraba en la hamaca, aquel sonido se convirtió en el lamento de un leviatán de hierro olvidado, en la llamada de una misión.
Decidió que exploraría la torre-molino. No la bodega de abajo, que conocía, sino la cámara superior, a la que se accedía por una rústica escalera interior, oxidada y llena de telarañas que brillaban como hilos de plata bajo el sol de la tarde. Subir fue su primer acto de valor. Cada peldaño crujía como un hueso anciano, y el viento, al rozar la estructura, producía un aullido que se mezclaba con el quejido original, multiplicando el misterio.
Al forzar la puerta enclavijada de la cámara, no encontró un mecanismo oxidado, sino un gabinete de maravillas. Polvo dorado danzaba en los rayos de luz que se filtraban por las rendijas. Había mapas astronómicos desplegados sobre una mesa, sus bordes comidos por el tiempo, y un telescopio cuya lente, aunque empañada, parecía contener un fragmento del cielo nocturno. En un rincón, una radio de válvulas, enorme y silenciosa, se alzaba como un altar a las voces del éter. Pero el verdadero tesoro era un diario encuadernado en cuero, escrito por su propio abuelo, un hombre al que solo conocía por un retrato severo en el comedor.
No era un diario de cuentas o de siembras. Era el cuaderno de un soñador. Hablaba de "cartografiar la música del viento", de anotar el paso de las constelaciones sobre los cerros guardianes y de capturar, en una madeja de cables y cristal, las conversaciones de las aves. El quejido del molino, explicaba, no era un fallo, sino el sonido de un generador eólico rudimentario que él mismo había diseñado para alimentar su radio y "escuchar los susurros del continente". Julián, con el corazón palpitándole en el pecho como un motor, comprendió que su abuelo no había sido un simple habitante de ese lugar, sino su primer explorador.
Su aventura se transformó entonces. Ya no se trataba de explorar un espacio físico, sino de revivir un legado. Durante las siguientes semanas, Julián vivió una doble vida. Por el día, estudiaba y hacía las tareas, comía con la familia bajo la enramada de la glorieta y escuchaba las campanas distantes que ya no llegaban. Pero por las noches, a la luz de una lámpara de queroseno, se convertía en el heredero del sabio loco. Limpió el telescopio con un paño suave y, una noche clara, giró su tubo hacia el cinturón de Orión. Al enfocar, contuvo la respiración: no eran puntos de luz, eran soles, eran mundos. Era la misma visión que había hechizado a su abuelo, centrada en Alnitak, Alnilam y Mintaka, las tres estrellas azules que nos miran desde las profundidades del firmamento.
Su mayor hazaña fue con la radio. Siguiendo los diagramas del diario, logró conectar las baterías viejas al generador eólico reparado. Tras una tarde de vientos fuertes, las válvulas se encendieron con un tenue resplandor naranja. Giró el dial, estático al principio, hasta que, entre el crepitar, emergió una voz lejana, débil pero nítida. Era una emisora de onda corta, quizá de La Habana o de más allá, que transmitía una canción de los Beatles: "Lucy in the Sky With Diamonds". La música, distorsionada y fantasmagórica, llenó la torre, pero su embrujo fue inmediato; luego comprendería que esa melodía no era un espectro psicodélico, sino una experiencia sideral.
En ese instante, Julián sintió el milagro. No estaba en una torre oxidada en medio de la nada, sino en un puente. Un puente tendido por su abuelo que conectaba el silencio sagrado del jardín de orquídeas con el bullicio de un cosmos en ebullición. Era el explorador de dos mundos: el del bosque eterno y el de la Vía Láctea, que giraba vertiginosamente.
La aventura no terminó con un descubrimiento espectacular, sino con una epifanía silenciosa. Bajó de la torre y se adentró en el sector boscoso, donde las orquídeas colgaban como lunas diminutas. El viento cantaba ahora en sus oídos con una nueva voz. Ya no era el viento anónimo, era el mismo que había impulsado los sueños de su antepasado y que ahora le traía ecos de un mundo que quería cambiar. Se tumbó en la zacatera, mirando el cielo que empezaba a poblarse de estrellas, y sintió aquella paz inimitable de la que hablaba el recuerdo. Pero ahora era una paz diferente. No era la paz de la inocencia, sino la paz de la comprensión y el agradecimiento.
Su corazón de quince años ya no era simple, pero había recuperado una certeza. Comprendió que el verdadero refugio no era esconderse del mundo, sino encontrar el punto exacto, como aquella torre, desde donde se podía escuchar el latido de lo eterno y, al mismo tiempo, la canción de su propio tiempo. Y supo, con una certeza que le llenó de una serena alegría, que aquel verano, en la casa de sus abuelos, no había vivido una simple travesura de adolescente, sino que había descubierto su propio lugar en el cosmos, un lugar que estaba, y estaría para siempre, justo en el cruce entre la herencia y el horizonte.
2025: https://youtube.com/shorts/cCBrjhJInnQ?si=0Z62NaKvTRGVfTju
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FELIPE CASTREJÓN QUESADA, nació en 2009
La historia de Felipe es un viaje hacia una memoria heredada, un anhelo de raíces que se convierte en una peregrinación personal.
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2. MIS HIJOS
MÓNICA QUESADA GUZMÁN:
Más o menos en 1982 decidí realizar un viaje en tren; ya que ese monstruo de metal y potencia siempre ha ejercido una atracción en mi dormido espíritu viajero.
Un soleado domingo de aquellos, pedí que me alistaran a Mónica; ella sería mi compañera en esta aventura. Yo tendría unos 30 años y mi hija unos 6.
Bajamos en el bus de Tibás y al llegar a San José caminamos de norte a sur, sin apartarnos de la calle 2 y pasando por el Barrio La Dolorosa hasta llegar a la Estación del Ferrocarril al Pacífico.
Debido al gentío que viajaba, tuvimos que demorar nuestro acceso a los vagones y al final, íbamos de vagón en vagón, hacia atrás, incluso cuando ya el tren había iniciado la marcha. No pudimos encontrar asiento, y dado que ningún varón nos ofreció asiento, nos acomodamos en las gradas traseras del vagón.
"Creo recordar retazos de conversaciones ajenas como:
—¡Cuidado con la canasta, viene caliente! —gritó una mujer pasando un recipiente tapado con servilletas entre la multitud.
—¿Ya vio, doña Flor? ¡Ese muchacho de sombrero es el hijo de la Chayito, el que se fue para Puntarenas! —comentaba otra a su compañera, señalando con la mirada.
Un grupo de jóvenes con mochilas, claramente turistas locales, reía a carcajadas.
—¡Mae, esto es demasiado tuanis! ¡Puro ferrocarril vintage! —dijo uno, sacando una cámara de rollo.
Un campesino de rostro curtido, sentado cerca de nosotros en un cajón, nos miró con solidaridad y musitó, casi para sí mismo:
—Aquí donde no hay prisa es donde más se aprende a esperar. Con la niña, cuidadito."
Se sucedían las estaciones de la ruta, en las que veíamos muchas personas bajándose y subiéndose, pero no pudimos reacomodarnos. Seguíamos en las gradas, abrazados y comentando de potreros, vacas y callejuelas que veíamos al pasar.
En las curvas podíamos observar la gran cantidad de carros que iban enganchados a la máquina, algunos notándose como desesperados por llegar a su destino, pues así lo hacía ver el montón de personas que asomaban sus cabezas y brazos en plena algarabía; otros, por el contrario, se veían reacios a su arrastre, como queriendo retrasar el avance del tren, pues sus ventanas cerradas impedían ver señales de vida en su interior. La brisa cálida de la zona nos acariciaba y facilitaba que no hubiera sofoco ante el montón de gente que viajaba.
"Querría creer haber visto y escuchado pasajes como estos:
Aprovechando una curva lenta, un vendedor ambulante se abría paso.
—¡Empanadas, tamal asado, refrescos de fruta! ¡No se ahogue con solo polvo!
—¿A cómo el de piña? —preguntó una señora.
—A cuatro reales, pero a usted se lo dejo a peseta, por acompañarme.
Un hombre con un traje un poco ajado, leyendo un periódico, le dijo a su vecino:
—Mire nada más en las noticias: igual que este tren, el país, parado en un puente. ¿Pa' cuándo la reactivación?
El vecino, más optimista, respondió:
—Ay, don Eduardo, siempre tan negativo. Al menos aquí vamos moviéndonos. Y con esta brisa, hasta dan ganas de echar una siesta.
—Yo mejor me espero a Orotina, para comprar."
La cuestión es que al llegar a Ciruelas pudimos ver el viejo rótulo metálico pintado de gris plata, el tren detuvo su andar y nosotros, ¡sorpresa! quedamos ubicados precisamente sobre el cañón del río Ciruelas, o sea, sobre el puente metálico de la línea. ¡Ahí no podíamos bajar!
Ella se había dormido y entonces, la levanté, agarré el maletín y empecé a caminar de vagón en vagón, fijándome para detectar en qué momento podríamos bajar del tren sin riesgo. La gente que iba de pie era un obstáculo para poder movilizarnos más rápido.
Mónica se despertó algo molesta y me decía que quería volver a casa.
"En medio de mi prisa por alcanzar la puerta y abandonar el tren, me llegarían voces como estas:
—Papá, ya quiero ir a casa. Esto es feo.
—Un poquito más, amor, ya casi podemos bajar.
Al pasar junto a un compartimiento, oíríamos a un hombre explicarle a su familia, señalando por la ventana:
—Allá, ¿ven aquel cafetal? Es de mi tío César. En diciembre venimos a ayudar con la corta.
En ese instante, el tren daría una sacudida y reanudaría su marcha. Un grito colectivo subiria de tono.
—¡Pero si apenas paramos dos minutos! —protestó una voz.
—¡Conductor,
pare! ¡Que se me volcó la bolsa con los mandados! —gritaría otra mujer,
asomándose por una ventana".
Fue el caos momentáneo que nos dio la pausa
para actuar. Ya no había más tiempo para escuchar.
Yo seguía avanzando, cuando ¡oh, el tren reanudó su marcha!
Al pasar por una puerta, bajé las gradas y le avisé a la chiquita que nos íbamos a lanzar. Ni siquiera recordé que, en las películas, todos tienen a su alcance un cordón colgante, el cual activa el freno del tren.
Calculé bien el brinco y me lancé con tan mala suerte que las piedrecillas del suelo de tierra me hicieron resbalar, y caímos. Rápidamente nos levantamos a sacudirnos el polvo a la vez que la serpiente metálica pasaba a nuestro lado.
Reímos un poco, y cuando íbamos a iniciar nuestro camino hacia la estación, ella empezó a sangrar en la barbilla, eso la hizo llorar de nuevo y a pedir que volviéramos a casa.
La limpié como pude y nos metimos a una soda a pedir agua. La gente fue amable y nos dieron un trapito limpio con un cubito de hielo para que ella se pusiera en la herida.
"Había cierto alboroto y las palabras me llegaban como desde lejos, sobreponiéndose unas conversaciones a otras; era obvio que la gente veía rota su monotonía a la llegada de fuereños y sus circunstancias. Creo recordar algo similar a esto:
—¡Santo cielo, la niña se raspó! —exclamó la dueña al vernos entrar—. ¡Pásele un trapito limpio y un hielo, Carlitos!
Un cliente anciano, tomándose un café, asintió con sabiduría:
—El tren siempre trae su tributo, por ello, los pueblos ven en esto un revivir, aunque sea una alegría pasajera.
—¿Vienen del tren? —preguntó la dueña mientras aplicaba el hielo en la herida de Mónica—. Sí, se paró muy arriba hoy. Pasa seguido. ¿No iban para la feria de Esparza?
—No, solo paseando —respondí.
—Bueno, el paseo ya se lo dieron —dijo otro hombre con una sonrisa, mordisqueando una galleta—. Lo que falta es la vuelta a casa. Tomen el bus de las dos, que es directo".
Volví a ver hacia las mesas, ocupamos una, y empezamos a bebernos un refresco, cuando noté que había gran cantidad de moscas por doquier. Muy prudentemente hice la observación y la señora me dijo que era época de abono de los cultivos y eso desataba el mosquero; en consecuencia, no pedimos nada de comer...
La chiquita solo quería regresar a casa, así que fuimos al pueblo, Ciruelas, y tomamos un bus para Alajuela. Luego usaríamos bus Alajuela a San José y San José a Tibás.
Al llegar a la casa me tragué el drama y la regañada de rigor.
Esta es historia verdadera, y quien quiera confirmación, no tiene más que acercarse a la barbilla de mi hija y ver la pequeña cicatriz que le dejó esa aventura.
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RAQUEL QUESADA GUZMÁN:
Hubo un tiempo en que mi madre y mi hermana Yamilet vivieron en una casa alquilada en Urbanización Jardines de Tibás, en la zona nor oeste del barrio.
Mi hermana, como era profesora de canto y de música con énfasis en piano, aceptó darles clases a mis hijas. Solamente Raquel aceptó tomar esas clases, para aprender piano.
Yo debía caminar con ella desde Los Cipreses hasta donde mi hermana, lo cual representaba como kilómetro y medio. Íbamos y veníamos de la mano, conversando y viendo el panorama. Cuando llovía, tomábamos un taxi.
El costo de las clases era simbólico y aunque significaba un monto apreciable, se invertía con la certeza de las muchas retribuciones que tal aprendizaje nos iba a dar.
El inicio de las clases fue muy provechoso; como hacía mi papá, fueron las bases: corporales, teóricas, e históricas.

Era muy lindo, porque, a veces, al llegar a esa casa, había que esperar que saliera la alumna del turno anterior, que generalmente era una prima de mis hijas. A veces era a la inversa, al terminar la lección, estaba la prima esperando.
La cosa iba bien, hasta el punto de que tuve la dicha de ver a mi hija tocando una sonata de Beethoven, con partitura y todo, y a dos manos.
No sabría decir cómo y cuándo, alguien se enteró que yo pagaba las clases de mi hija y que la prima la recibía de gratis. A mí no me hizo la menor mella esa noticia; sus razones habría, y eso se respeta, punto.
Pero la noticia fue suficiente para que se armara un disgusto de disonancia relacional que se volvió tóxico y rápidamente, mi hija resolvió no asistir más a las clases, pese a mi solicitud de reconsiderar y pese a mi externado dolor. Creo que ahí se truncó una enorme carrera musical.
Ante el piano y la música en general ocurre algo distinto que con las otras artes y demás dones intelectuales. Me baso en observaciones empíricas que una y otra vez apuntan hacia los cimientos de mis serias hipótesis; pero pese a ello, podrían ser susceptibles de ser rebatidas: los Quesada traen una vena intelectual que se confirma a lo largo de las generaciones. Sin embargo, y que esto sirva de alerta para otras familias, en algún momento, y por alguna circunstancia imprevisible, la persona enfrenta una disyuntiva cuando se le presenta una situación exógena que roza su comprensión, y esa disyuntiva es: perseverar en el prometedor cultivo del don o abandonarlo definitiva, tajante y lastimosamente.
Y, por cierto no es una falla de perseverancia; esa es una virtud distintiva de los Quesada; hablamos de otro valor que desde mucho antes que sea necesario perseverar ya dio al traste con el proyecto. Podríamos estar hablando de una precipitación en la toma de la desición con poco fundamento.
Ese es el momento que quise describir en cuanto al aprendizaje del piano de mi hija Raquel y también al que me referí, casualmente, en mi libro M1rando Hacia Atrás, cuando enfrenté una disyuntiva similar, yo mismo (El Piano y Yo).
En cuanto a mi hija, he visto con alegría, que encontró otra rama musical, pues suele cantar y tocar guitarra, ¡Qué bendición!
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Mis hijos por adopción sentimental:
ANDREA GABRIELA:
Entre los muchos miembros de la familia de mi esposa, si hubiera que señalar a uno en quien el esfuerzo y la inteligencia han fraguado en distinción académica y sólido prestigio laboral, esa sería, sin duda, nuestra hija Andrea Gabriela. Su trayectoria, ascendente y tenaz, podría hacer creer al observador apresurado que ha alcanzado ya su clímax, que se asienta definitivamente en la cúspide. Sin embargo, tal juicio sería prematuro. Ella sigue estudiando, afianzándose, consolidando con serena obstinación su posición, y todo ello a pesar —o quizá precisamente a causa— de llevar sobre sus hombros la responsabilidad de dos criaturas de cuatro y un año: Eva Victoria y Julián Gael Varela Vega. En ellos, como en su propia carrera, parece volcar esa fuerza interior, callada y eficaz, que la caracteriza.
A su lado, compartiendo el peso y la luz de tales méritos, se halla su esposo, Víctor Hugo. Hombre práctico y de voluntad clara, se ha abierto camino en el áspero ramo de la construcción y la remodelación estructural, no solo como contratista y maestro de obras, sino como un artífice que comprende el alma oculta de los materiales y las estructuras. Posee, además, un instinto singular para el análisis y la deducción, una lucidez fría que aplica con igual tino ante el tablero de ajedrez —juego que cultiva con devoción— que ante los imprevistos de la vida cotidiana o los problemas técnicos de su oficio. En él late esa rara virtud de los hombres hechos a sí mismos: la de pensar con las manos y actuar con la cabeza, fundiendo en un solo gesto el cálculo y la decisión.
Así, en el seno de aquel hogar, entre planos y libros, entre el llanto esperanzador de los niños y el silencio concentrado de las piezas sobre el tablero, se teje día a día una historia de esfuerzo compartido. Una historia que, como todas las que merecen contarse, está aún por ver su capítulo más decisivo.
Esta bella familia alegra, conmueve y llena de carreras nuestra vida en la montaña, ya que Gabi y yo colaboramos parcialmente en el cuido de esos dos nietos.
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386400 - Número de empleado BCR
B564 - Código de firma autorizada BCR
1408 - Número de teléfono de mis papás en los años 1960.
36-E - Número de la casa de mis papás en San José, CR, dentro de la organización territorial.
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